12.10.2018 |

Ingenieros con cimientos sólidos

Con ocasión del Día del Ingeniero Nacional, compartimos el discurso del Ing. Joaquín Pena durante las recientes graduaciones de la UM en representación de sus compañeros de generación

El 12 de octubre de 1892, recibieron su diploma de grado los primeros ingenieros uruguayos, en una ceremonia en el Teatro Solís. Uno de ellos fue Eduardo García de Zúñiga, Ingeniero de Puentes y Caminos, quien, en ese momento, expresó: “Poco importa que el territorio de nuestro país sea pequeño, si fomentado en él ciencias, artes e industrias, abriendo nuevas carreras al trabajo y a la inteligencia, llevando a cabo obras públicas, conseguimos aprovechar todas las fuentes productivas de su suelo. Que al fin la medida de la grandeza de una nación solo debe buscarse en el grado de actividad y cultura de su pueblo, en el más o menos perfecto desarrollo de todos sus organismos vitales, en la talla moral e intelectual de sus hombres”.

Desde ese momento, el 12 de octubre se conmemora el Día del Ingeniero Nacional. Varios años después de esa primera graduación de ingenieros uruguayos, tuvieron lugar el 8 de octubre en el Auditorio Nacional del Sodre Dra. Adela Reta las graduaciones de 268 nuevos profesionales que se formaron en la UM. Durante la ceremonia, el Ing. Joaquín Pena habló en representación de sus compañeros de generación. Sus palabras, llenas de profundidad, reflexión y también de humor, despertaron un fuerte aplauso del público. En la fecha en que se conmemora el día dedicado a estos profesionales, compartimos su discurso:

Buenas tardes a todos. Quisiera comenzar con la siguiente reflexión del dramaturgo español José Bergamín: “El que solo busca la salida no entiende el laberinto. Y, aunque la encuentre, saldrá sin haberlo entendido”. Hoy nos encontramos en la salida del laberinto. Cabe preguntarnos si nosotros, los graduados, hemos entendido el laberinto o simplemente hemos encontrado su salida. Para dicho cometido, los invito a remontarse conmigo unos años atrás. 

El laberinto comienza con un niño. Un niño que estaba obsesionado con una gran idea. Él quería cambiar el mundo. Iba convencido a su madre a contarle que él quería hacer algo muy grande para que el mundo sea mejor. A esta altura del cuento un ingeniero ya te mira desconfiado. Porque no está definido qué significa mejor o qué magnitud se considera como grande. Mejor y grande son de hecho conceptos relativos; faltan datos en la historia; en fin: el cuento es un desastre.

Pero, volviendo a la historia. ¿Quién era ese niño que quería cambiar el mundo? Ese niño era yo. Pero me atrevo a decir también que ese niño era cada uno de nosotros. Le decía una y otra vez a mi madre que quería cambiar el mundo. Ella obviamente me decía que iba a poder hacerlo. Ya saben cómo son las madres. Hoy más de una aplaudía como si su hijo fuera el heredero a la corona inglesa.

Pero a medida que uno va creciendo uno tiende a auto limitarse, a darse cuenta de que, quieras o no, sos uno más. A perder la ilusión de poder cambiar el mundo. El típico oriental pesimista diría que uno tiende a “uruguayisarse”. Y fue tal cual. Durante la carrera de Ingeniería hubo altos y bajos. Como Foncho que mide casi dos metros y Juani que contrasta…

Esa llama de fuego que representaba mis ganas de cambiar el mundo se iba extinguiendo con los años. Es frustrante darse cuenta que uno solo, por más que intente, no puede garantizar que esa llama siga encendida. Y más triste aún, darse cuenta de que en este laberinto de la vida hay mucha gente que quiere apagar tu llama o que al menos quiere que brille menos que la suya.

Sin embargo, hoy acá no hay oscuridad. Hay luz. Hay calor. Porque no hay viento ni agua que pueda apagar una hoguera. Una hoguera a la cual muchas personas están incansablemente aportando leña. Leñas de amor. Una atrás de otra. Reiteradamente. Esas personas son ustedes, los que nos han acompañado incondicionalmente en este camino.

Hoy nuestra hoguera nos ilumina. Haber finalizado nuestra carrera de grado nos emociona, nos enorgullece, nos da calidez. Les pido a todos los recién graduados que contemplen con orgullo y respeto a esta hoguera. Siéntanse repletos, felices. Pero les pido que en ningún momento se transformen en espectadores. No sean testigos de cómo la llama se apaga. Que hoy brille no garantiza que vaya a brillar siempre. Les agradezco al resto de los aquí presentes: familias, amigos, profesores y todos los seres queridos por mantener encendida nuestra llama. Hoy estamos triunfantes en la salida del laberinto gracias a cada palabra de ánimo, cada gesto de amor que nos dieron cuando estuvimos muy perdidos y adentrados en él.

Pero, volviendo a la primera pregunta, ¿qué significa entender el laberinto? Para mí, significa darse cuenta que lo importante no es cambiar el mundo, sino cambiar nuestro mundo. Y no necesitamos ser ingenieros, contadores o abogados para eso. Necesitamos ser buenas personas. Ese es precisamente el diferencial de la UM: formar buenas personas.

La UM, como toda institución, es solo un concepto abstracto. Detrás del concepto UM lo único que verdaderamente hay son personas. Por eso, para nosotros los ingenieros, la UM es Ceci Varela, la UM es Anita Vidal, la UM es cada una de estos corazones gigantes que con una gran sonrisa nos aconsejan a qué lado del laberinto doblar. La UM son esas personas que no esperan con puertas abiertas a los exitosos, sino que se las abren a aquellos que tengan la voluntad de aprender y colaborar. La UM son aquellas personas que no te enseñan a responder bien, sino a preguntar mejor.

Pero la UM para mí, más que nada, son mis amigos. Hoy estoy aquí representándolos a ellos, la esencia de la UM, de mi UM. A ustedes, ingenieros bien raros, les digo que estoy muy orgulloso. Los quiero mucho, de corazón. Desde el día uno somos competencia en el mundo laboral; y vaya competencia. Pero prefiero mil veces permanecer perdido en el laberinto junto a ustedes, a ser quién encuentra primero la salida y no tiene con quien abrazarse. Ustedes le dieron significado a este laberinto, a está incansable lucha de alimentar el fuego que llevamos dentro. Hemos crecido juntos, aprendido el uno del otro y eso es invalorable. “El pájaro tiene su nido, la araña su tela, el hombre la amistad”.

En este arduo camino hemos aprendido que ni el éxito ni el fracaso son resultado de esfuerzos puntuales. Vean ustedes: dos horas de ceremonia, treinta minutos de fotos y una hora de besos de la abuela, solo representa un 0,03% de nuestra carrera profesional. (Siendo Ingeniero algún número tenía que tirar). Pero el éxito no es eso. El éxito es resultado de las pequeñas decisiones que tomamos día a día, repetidamente. Eso es lo que nos define como personas. Porque uno puede elegir en cada momento su actitud, tan básico como si sonreír o no. Cada instante nos acerca más a la grandeza como persona o a la mediocridad.

En este sentido, comparto la visión de Sartre: “El hombre no es nada, sino la disposición permanente a elegir y revocar lo que quiere llegar a ser”. Finalmente, concluir que lo importante no es buscar la salida del laberinto. Lo importante es entender por qué lo transitamos y transitarlo con honradez. Encuentren su porque en esta vida. Enciendan una llama. Amen, vivan y sueñen por y para eso. Felicitaciones a todos por haber entendido el laberinto y no solo por haber salido de él.

Muchas gracias.