10.08.2017 |

Una mirada más amplia de la Historia

Laura Osta fue la primera graduada de Humanidades. Hoy realiza en la UM su postdoctorado. Su proyecto de tesis tiene como fin el estudio de la situación de los niños huérfanos en el Uruguay del siglo XIX.

Laura Osta llegó un día al Archivo General de la Nación y preguntó si habían “señales” de orfanatos del siglo XIX. Durante esa época, muchas razones —entre ellas, algunas que hoy tienen solución, como la imposibilidad de amamantar— hacían que a los orfanatos llegaran una gran cantidad de niños. Algunos años la proporción era de uno por día.

Sus padres o parteras los dejaban en un torno (un buzón de base circular que giraba) para que ingresaran a los asilos. Sin embargo, su intención era recuperarlos después de un tiempo. Por eso, entre su ropa colocaban objetos partidos al medio y conservaban la otra parte. El personal del AGN con el que habló al principio no sabía de la existencia de algo así. Laura las ayudó a buscar, pero sin éxito. Finalmente, apareció una señora que trabaja allí hace más de treinta años. “Tengo la idea de que había una caja con señales”, le dijo. Fue a buscarla. Y había.

Laura comenzó la carrera de Humanidades en la UM en 1997 y fue la primera graduada de esa facultad. Su tesis de grado fue sobre el voto de las mujeres en Uruguay y publicó un libro sobre ese tema. A continuación, viajó a Madrid para cursar una maestría en Historia del Mundo Hispano en la Universidad CEU San Pablo gracias a una beca de la Fundación Carolina.

Luego de eso, y después de pasar un tiempo en Uruguay, ganó otra beca para estudiar en Brasil. Hizo su doctorado en la Universidad Federal de Santa Catarina. Volvió a la UM y hoy, además de ser profesora, nuevamente estudia en la Facultad de Humanidades y Educación (FHUM). Esta vez, su posdoctorado, en el que investiga la situación de los niños huérfanos en el siglo XIX. En el proyecto trabajaron los ex alumnos de la UM Inés de Castro, Aline Lamarquant e Ignacio Gomeza. Laura presentó este proyecto en las recientes Jornadas de Historia y Cultura de América.

Cuando comenzó a preparar su tesis de grado, su fin era mostrar la participación de las mujeres en la política. Su investigación posterior tiene una cierta continuidad con sus primeros estudios, pero ha adquirido un giro que amplió el horizonte. En Madrid escuchó a una profesora argentina hablar de las “señales” de los orfanatos de Rosario, Santa Fe. El tema le apasionó y quiso investigarlo en Uruguay.

Así, poco a poco, su investigación se centró en la historia de las familias y la sociedad, la maternidad y paternidad, y en el papel de las mujeres y los niños. Una mirada y actores sociales que muchas veces en el análisis histórico han quedado en un segundo plano, y que afirma son esenciales para una comprensión más completa de la Historia. Expresó que este enfoque complementa a la Historia Política y aporta “una visión más integral” y “mucha riqueza”.

“Veo que hay ignorancia del papel de la partera. Su trabajo era básico en esta época. Y si no hubieran existido las nodrizas, que tenían un papel fundamental en la sociedad, se hubieran muerto muchos más niños. Entonces, creo que son profesiones que faltan ser estudiadas porque es difícil estudiarlas, porque hay pocas fuentes”, explicó.

Para su proyecto de postdoctorado, que fue elegido por la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII) para recibir financiación, Laura se ha centrado en la simbología de las señales que dejaban los papás y parteras en los niños cuando los dejaban en el asilo. Afirmó que su trabajo es realmente el de una “detective del pasado” por la escasez de datos.

La mayoría de material del siglo XIX que encontró corresponde a los períodos 1818 a 1826 y 1880 a finales de siglo. En el medio, existe un vacío de información que coincide con la Guerra Grande y los años de posguerra. El segundo período coincide con un aumento de la natalidad en el país. El orfanato que estudia es el único que había en Montevideo en el siglo XIX. Fue una iniciativa de Dámaso Antonio Larrañaga. Se fundó en 1818 con el nombre “La Inclusa” y luego se llamó “Asilo de espositos y huérfanos”.

Laura ha encontrado que entre las señales existen dos tipos, que catalogó como informativas y afectivas. Las informativas eran muchas veces escritas por las parteras y consisten en general en un papel que dice el nombre del niño, la hora de nacimiento y el dato de si está bautizado o no. Las afectivas, que son la gran mayoría, mostraban el deseo de recuperar al bebé un tiempo después. Entre esas existen estampas de Jesús, la Virgen María y santos; escapularios; medallas relacionadas a la fe católica; cruces; caravanas; dijes; monedas; cartas de baraja; y fotografías. Sobre estas últimas, que muchas veces eran de los padres con hermanos o el mismo bebé, dijo que es “un archivo riquísimo” y que muestra “la mirada de los padres”.

«Generalmente van acompañados de cartas. Todo eso iba envuelto en el cuerpo del bebé. Dejaban a su hijo, pero dejaban una huella. Hay un lenguaje simbólico en todo esto, que es lo que trabajo. Es como si los padres quisieran decirle: “No te puedo tener, pero te dejo mi marca. Te voy a recuperar”. No era un abandono. Por eso siempre en mis trabajos pongo “abandono” entre comillas, porque estaba la intención de recuperarlo», agregó.

En la mayoría de los casos, la razón para dejarlo era económica. A veces vinculada a la incapacidad de la madre de amamantar y de pagar a una nodriza que lo hiciera. Una de las investigadoras que trabaja con Laura en este proyecto estudia únicamente la prensa de esa época. Los diarios dan cuenta de las ofertas y pedidos de nodrizas, unos cuatro o cinco por día. Contratar a una costaba $25 mensuales. Y a una niñera, o “ama de leche seca”, $10. Otras razones eran la enfermedad o muerte de alguno de los padres.

Sobre la motivación de este estudio, Laura contestó: “Mi inquietud con todo esto surge desde mi presente, mi realidad. Veo la realidad de los huérfanos de hoy, y fue lo que me movió a querer saber cómo era en el pasado, y a querer descubrir qué luces y aportes puedo traer como historiadora”.

Relató que en esa época el proceso de adopción demoraba entre dos semanas y tres meses. Un inspector del asilo se encargaba de inspeccionar a las familias con asiduidad. El orfanato tenía un peso social distinto: “Había un compromiso, el panadero donaba el pan, el carnicero la carne. Los huérfanos eran responsabilidad de todos y no del Estado”.

Contó que hoy existe un vacío legal que tiene como consecuencia que algunos niños permanezcan en el Hospital Pereira Rosell desde su nacimiento hasta los tres meses, que es cuando pueden ingresar al Instituto del Niño y Adolescente de Uruguay (INAU).

Y concluyó: “Esa realidad me motivó. El amontonamiento de niños en el INAU, las familias haciendo colas en un proceso de adopción que demora hasta cuatro y seis años. Todo eso me inquietó y dije ¿en qué puedo yo, desde mi investigación, aportar a este presente?”.